
Alcancé a mandar telegramas en los años ochenta. Por supuesto no eran como los de comienzos del siglo XX. Me hubiera gustado utilizarlos. Ir a una oficina de correos y entregar un mensaje que, posteriormente, el telegrafista se encargaría de enviar a su destino. Ahora todo es tan rápido. Bastan segundos para que mis palabras lleguen a cualquier rincón de nuestro planeta.
Y pensar que en la orilla de una playa alguien lanzó al mar una carta metida en una botella. También desde lo alto de la colina un ser humano prendió una fogata para que el humo llevara sus deseos; o quizás fue la paloma que viajó con un saludo amarrado a su pata.
Escribo desde el teclado de mi portátil. Desafortunadamente no es posible mostrar mi estilo. Nunca aprendí la letra pegada. La mía es imprenta. Muy sencilla. Clara. A lo mejor un poco tímida. Y en esta pantalla aparecen unos signos muy fríos.
Mamá sacaba trabajos a máquina. Gracias a ella aprendí lo que sé de ortografía. Luego de transcribir mis borradores me los entregaba. No me decía nada, pero marcaba mis “horrores” señalándolos en rojo. De inmediato yo los corregía en un esfuerzo por mejorar y, a la vez, quitarme el rubor de la cara producto de la vergüenza.
Julio es un mes variable en cuanto al clima, aunque prevalezca el cielo despejado. Se aproximan los vientos de agosto y con ellos el mágico vuelo de las cometas. Ahora, sin embargo, es posible que nos encontremos ante un otoño desconocido en Bogotá.
Creo que me fui por las ramas. Me puse a hablar de telegramas, mensajes en botella, palomas mensajeras, correcciones ortográficas, vientos repentinos. No desvarío. Simplemente es un día muy especial.
La tierra dio su vuelta más larga. No se termina un ciclo: entras en tu nuevo año. Se abrirán otras puertas, traspasarás distintos umbrales, te llenarás de esa energía que se desgaja de las estrellas. Entonces seguirás andando sin doblegarte por el peso de las utopías. Más bien conviértelas miles de sueños ligeros como plumas, acomódalos en el fondo de una mochila y llévalos siempre en tu hombro.
A la antigua-y en pleno 2009- quiero regalarte el atardecer que tanto te gusta: cálido, dulce, colorido. De punta a punta el esbozo de la cordillera parece un tobogán. Recuerda que, antes de caer el sol, las sombras tejen poco a poco el manto que apaga suavemente el día. Después el silencio juega a las escondidas con el canto de los gorriones y la calma llega en intervalos de suspiros, llanto, risa… Es cuestión de perderse en la danza de un alegre colibrí.
Feliz cumpleaños Hada de mi corazón. Te quiero mucho. Que Dios te bendiga.
Thursday, July 09, 2009
Globos y serpentinas
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Friday, June 26, 2009
Pía Barros: el laberinto de las microficciones
Cada color un sentimiento, cada sentimiento una palabra, cada palabra una imagen, cada imagen un cuento y, al final, la escritura se convierte también en un pretexto. Un pretexto para reconocernos en la sensibilidad.
Pía Barros, escritora chilena, inauguró el festival de la revista El Malpensante con lo que más le apasiona a parte de la creación literaria: compartir y transmitir el conocimiento en sus talleres. Ante un auditorio de aproximadamente treinta personas nos invitó a soñar al abrir esa puerta de la imaginación que se esconde en las cosas más sencillas: hojas de varios colores, algunas caricaturas y, por supuesto, la fuerza de la palabra. Salieron tantas historias como imágenes y cada uno tuvo la oportunidad de echarlas a rodar. Porque ese es el sentido de los talleres de Pía: romper el hielo, integrar a los participantes y tejer relatos que,a pesar de ser
individuales, nacen precisamente de aquel intercambio de voces.
Habló de lo cotidiano y de lo académico. Reconstruyó sus inicios en los años de la represión Argentina. “Por esa época las reuniones estaban prohibidas por los milicos. No había posibilidad de realizar talleres. Y cuando nos encontrábamos en tertulias clandestinas los hombres,generalmente, empezaban a hablar de literatura muy tarde, justo después del juego de la seducción y el licor”. Por eso se dedicó a rotar la palabra y generar los espacios donde mujeres humildes contaban sus vidas a través de cartas que, más adelante, pegaban en las estaciones del metro. Entonces la contundencia de ese discurso se esparcía- igual que un eco- en los cruces de calles y avenidas.
Confesó que es una lectora compulsiva de la ciudad. En cualquier esquina se encuentra una historia. Basta leer los innumerables grafitis que se pasean itinerantes por los muros y sorprenderse ante esas pocas líneas capaces de reflejar todo un Universo.Un buen ejemplo de "Microficción", género cuya brevedad no admite facilismos aparentes. De ahí la importancia de dejarse llevar por ese detonante que no es más que el cosquilleo en el estómago, producto de un momento único e irrepetible. Puede ser una imagen, un gesto, una conversación, un recuerdo...
El tiempo fue corto, pero muy bien aprovechado.Además de la microficción nos ofreció un panorama de técnicas narrativas de grandes autores. Es el caso de Julio Cortázar y su cuento "Casa tomada". En él un sujeto indeterminado se encarga de guiarnos(o de perdernos) en la tensión que genera lo que carece de identidad.
Regresamos al juego aunque, a decir verdad, jamás lo abandonamos. Hubo espacio incluso para lo anecdótico. Mientras Pía desarrollaba la sesión una de las asistentes dijo: "disculpen que interrumpa. Me acaba de llegar un mensaje de texto diciendo que murió Michael Jakcson". Luego de uno que otro comentario salimos de esa trampa que nos tendió la globalización. Quizás se trató de uno de esos detonantes a los cuales hay que hacerle caso. A lo mejor nace una historia. Lo único cierto es que, en medio de la claridad y el sentido del humor de Pía Barros, la palabra tuvo, además, el privilegio de sumergirse en buenas dosis de picante e ironía.
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Sunday, June 14, 2009
Pasos en falso
De niño me decían Garrincha: aquel jugador brasileño de los años cincuenta considerado el mejor puntero izquierdo en toda la historia del fútbol. En realidad no es que sobresaliera precisamente por mi habilidad con el balón; al contrario, resulté tronquito y patadura. Garrincha quiere decir en portugués “pájaro triste y feo”. Sufrió de polio; además era “rodillijunto y patiapartado”. En mi caso el diagnóstico fue “luxación bilateral congénita de caderas” que en “mediqués" (idioma incomprensible de los galenos) significa que las cabezas de los femorales de mis piernas no encajaban en las cavidades de la cadera.
La imagen de un bebé gordito y rosadito en el quirófano, a los pocos meses de nacido, podría ser digna de una película de terror. Me intervino uno de los ortopedistas de mayor renombre en Colombia, pese a que mi papá nos tenía afiliados a la seguridad social del Estado. Mamá, sin embargo, puso el grito en el cielo ante el riesgo de dejar a su hijo en manos de la negligencia de un hospital público. Entonces decidieron confiar mis piernas al famoso especialista, por supuesto, en una clínica privada. Meses después de la intervención otro médico advirtió que se presentó una infección postoperatoria. Supongo que algo así sucede con frecuencia. ¿No han visto ustedes a veces en las radiografías tijeras, gasa, hasta guantes dentro del cuerpo del convaleciente? En fin. Volvamos a mi historia: a causa de ese descuido (pues el que me operó no alertó acerca de la infección) quedé lisiado de por vida de la pierna derecha. Aunque, pensándolo bien, creo que desde ahí viene mi filiación social y política ¿Será por eso que nunca me gustaron las derechas de cualquier tipo?...
Desviación de columna (escoliosis) y un horrible juanete son consecuencias del acortamiento de siete centímetros que me acompañó durante gran parte de mi vida. Recuerdo la plataforma que le ponían a mi zapato derecho: una plantilla exterior que, siendo honesto, se veía espantosa. Lo rescatable es que me salvé de calzar zapatillas de moda (Adidas, Nike o Puma) y, en su lugar, apoyé decididamente la industria Nacional: Hevea, Croydon y botas de obrero. Maravillosas las últimas: un patadón causaba estragos. ¿Otra prueba contundente de mis tendencias de izquierda gracias a mi cojera?...
Confieso que me acomplejé bajo diferentes circunstancias. Sobre todo en la adolescencia. En aquella época -en la que las hormonas se despiertan y nos creemos los más duros o arriesgados- no podía hacer ciertas cosas. Un ejemplo: “el conejo”. Nos reuníamos un grupo de desadaptados sociales en una tienda a tomar cerveza. Una vez consumidas alrededor de treinta botellas uno de mis amigos me decía:
-“Carlitos váyase parando y nos espera en la esquina. En media hora nos vamos sin pagar. Si sale al mismo tiempo con nosotros nos agarran y se nos jode el conejo…”
Los 31 de octubre sí que me enfurecían. Generalmente organizábamos fiestas en la “Noche de las brujas”. Siempre trataba de disfrazarme bien para que no me reconocieran. La vez que elegí el de Árabe juré no volver a esas celebraciones. Conseguí una bata larga y negra. Una tela que me puse en la cabeza; barba y bigote postizo; collares, gafas oscuras. Me vestí y le mostré el atuendo a mi mamá. Se aterró por lo irreconocible. Cerré la puerta de mi casa, pasé la cuadra y me acerqué caminando al lugar de la fiesta. En el jardín estaban mis amigos y de pronto Camilo gritó:
-“Que más Carlos, apúrele que la rumba está genial”
¿Cómo diablos me había reconocido…?
“Steve Austin. Astronauta. Su vida está en peligro. Lo reconstruiremos…” Así comenzaba la serie de televisión de los años setenta “El hombre nuclear”: un tipo que se estrellaba en un cohete y luego le ponían brazos, piernas, ojos (¿oídos también?) biónicos que le daban algunos poderes. Lo llamaban “El hombre de los dos millones de dólares…” En 1995 me hicieron un reemplazo de cadera derecha. Lo primero que me sorprendió fue el médico:
“Carlos. Mi nombre es Juan Carlos Rodríguez y lo voy a operar. El doctor Godoy viajó al exterior de urgencia … deberá confiar en mi”
No tenía más alternativa. Fuera de eso la prótesis de cabeza de femoral de titanio que me iban a poner valía cuatro millones de pesos:
-“Por fin voy a ser millonario” grité al conocer su precio.
- “Le vamos a aplicar anestesia local. Por favor voltéese hacia su lado izquierdo y se me queda quietecito. Ni siquiera respire”
¿De qué tamaño será la aguja de esa clase de anestesia? Nunca lo sabré. Lo único cierto es que minutos después no sentía nada de la cintura para abajo. Lo que vino podría resumirlo así: taladro o broca, serrucho y martillazos, cuyas vibraciones percibí claramente pero sin ninguna molestia. Y, finalmente, una voz que sentenció:
-“Procedamos a fracturarlo. Jalen ya”.
Parecía en medio de un taller mecánico o de carpintería. Y yo el carro o la mesa.
- “Doctor el riñón del paciente funciona perfecto. Está orinando”
¿Orinando? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? Lo comprendí más tarde. Introdujeron una especie de sonda en la vejiga. Al otro día una enfermera llegó, me saludó y me dijo:
-“Va a sentir un dolorcito” Y enseguida agarró la manguerita y la sacó de un tirón. No dolió, que va: ¡sólo me quemó!
La recuperación duró tres meses entre la quietud absoluta de ocho días tras la cirugía. Más adelante muletas, bastón, terapias y, afortunadamente, un "burro viejo" que sí aprendió a caminar de nuevo. El acortamiento se redujo a dos centímetros y medio. Ya podía usar zapatos "normales". Aún así resolví seguir apoyando a la Industria Nacional. Tenía 25 años.
Quizás me perdería de actividades como cabalgar (lo siento por los caballos, camellos e inclusive elefantes que no tendrán el privilegio de ser conducidos por este jinete mago) o montar en bicicleta (mea culpa: nunca aprendí). Tampoco lanzarme en paracaídas (la prótesis llegaría antes que yo a tierra ). En cuestiones del amor mi único requisito ineludible-por decirlo así- es que a la mujer que comparta mi existencia le rogaría el favor de amarrarme el zapato derecho en las mañanas.
Con el paso de los años entendí que he tenido la oportunidad de hacer prácticamente de todo. Me di cuenta de que mi discapacidad fue de carácter mental. Y en la actualidad me río de ese tiempo en el que la cojera me servía de excusa para no asumir el verdadero papel en mi entorno social. Si me rechazaba una mujer lo achacaba inevitablemente a mi defecto. Si sacaba malas notas, lo mismo. Hasta una tarde en la que bajaba por una calle del centro de la ciudad. Venía de presentar un examen de admisión en la Universidad y ví que se aproximaba una morena divina. Disimulé mi "tumbaito", saqué pecho, me pasé la peinilla por el pelo, me arreglé la corbata. Cruzamos miradas. Noté que me sonrió. De repente se perdió de mi horizonte; caí al pie de las mercancías de un comprensivo vendedor callejero. Me ayudó a levantar y me dijo:
- "Si los carros tienen defectos de fábrica y fallan ¿por qué no usted que es un ser humano?"...
En este video aparece un compatriota un "poquito" más cojo que yo. Disfrútenlo.
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Saturday, June 06, 2009
Fuera de todo además son cobardes
Me lo dijo mientras caminábamos:
- "Carlos los problemas son tan cobardes que no llegan uno a uno: se aparecen en gavilla".
Semejante frase quedó rondando en mi cabeza. Estamos pues notificados: los problemas se agrupan deliberadamente para atormentarnos. "Se parecen tanto a la fauna social", pensé. Recuerdo a los famosos "matoncitos" de barrio de mi época de adolescente: jóvenes rudos y arriesgados cuando los respalaban sus compinches. Solos, sin embargo, no mataban ni a una mosca. Empecé a reflexionar y solté una idea:
- "Habría que inventar un repelente, un escudo. Algo que nos proteja de esos bichos".
Mi amiga, con toda la paciencia del mundo, contestó:
- "No serviría de nada Carlos; los problemas tienen, además, otra particularidad: les encanta que los alimentemos".
- "¿A caso serán eternos?", interrumpí incrédulo.
- "Eso depende de nosotros. Verás. Su fuente de energía es, precisamente, la absurda idea de que no podemos enfrentarlos. Y ante esa situación simple y llanamente terminamos inflándolos".
No tuve argumentos con qué refutar esa afirmación; más bien comprendí que- a la larga- una forma de huir de ellos es esa: darles de comer y engordarlos gracias a lo que desperdiciamos preocupándonos a veces sin necesidad.
-"Yo solamente hablo desde lo que me ha tocado vivir. Antes me desesperaba muchísimo si no encontraba por dónde arrancar. Era terrible mi sensación de impotencia de no dar siquiera el primer paso... Y un día se me iluminó el bombillo: bueno yo no sé hacer empanadas, aunque conozco a alguien que sí; y le quedan muy ricas por cierto..."
- "¿Empanadas"?, la interrumpí absolutamente confundido.
- "¿Cómo me hablas de empanadas justo ahora que estamos tratando de desenredar el nudo gordiano de las dificultades de la existencia?". Sus carcajadas me hicieron poner colorado.
-"Hey. Me extraña que digas eso. ¿No que te creías filósofo?. Simplemente me refiero a la experiencia de aquellos que nos llevan una ventaja; por supuesto de las personas en quienes confiamos. Dicen que dos cabezas piensan mejor que una. ¿Suena lógico verdad?".
Sí. Sonaba lógico. Realmente la solidaridad se expresa de diferentes formas y una de ellas es esa: compartir nuestros miedos. Siempre será reconfortante un abrazo sincero, una palabra de aliento, un oído dispuesto a escuchar, un hombro para descansar o llorar...
-"Bien amigo, se acabó el helado; dentro de poco oscurecerá. Tambien está nublado y parece que lloverán hasta maridos. Así que juguemos a la calabaza: uno, dos, tres; aquí se rompe la taza y cada quien se va para su casa". Ahora el que se rió fui yo.
La acompañé a coger el bus; nos despedimos y me senté un rato en la banca del parque. No me importaba que lloviera, tampoco que me llegaran los problemas. En adelante que vengan como se les de la gana: solos o en gavilla. Prometo que serán muy bien atendidos. Y si por alguna razón se me ponen muy verracos, sé que cuento con amigos; muy buenos amigos...por ejemplo ustedes: mis cómplices. Los que forman parte de esta casita de sueños.
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Thursday, May 28, 2009
Le puse cola de burro a la nostalgia
“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida” (Canción del elegido, Silvio Rodríguez)
Nunca aprendí a pintar. Es más: no me preocupaba si me salía de las márgenes y el azul se mezclaba por ejemplo con el amarillo.
-Los perros son cafés, grises, blancos, negros; de pronto algunos rojizos. ¿Pero verdes?... Mire hágame el favor y me colorea bien ese perro
Un día la profesora me regañó porque le mostré orgulloso la imagen de una montaña morada. De inmediato llamó a mamá. Le recomendó que sacara cita con la psicóloga del colegio. Quizás mi confusión de colores se debía a algún desorden en mi cabeza. Mamá le respondió:
-Hagamos una apuesta. Salgamos ahora y si usted me asegura que las montañas no son moradas le prometo ir donde la psicóloga.
Estaba nublado, a punto de llover. Una vez afuera no lograron ponerse de acuerdo. Las montañas se veían de muchísimas tonalidades según la oscuridad producto de aquel cielo encapotado. Lo mismo le sucede a los árboles: Jamás son iguales en verano, invierno, otoño o primavera.
En materia religiosa la cuestión no era diferente. Mi abuelita materna me obligaba a ir a misa los domingos al medio día. Reconozco que me resultaba una tortura. No por ateo; creía en Dios con todas las fuerzas de mi alma, pero el prolongado rito dominical me aburría. En una semana santa mi abuelita me llevó a la ceremonia de Resurrección del sábado santo. Por esa época la misa era de gallo (a la media noche) y se bendecían el agua y el fuego. Ya en la iglesia me entregó una botella de agua y me dijo:
-Mijo vaya y llévela al altar.
La cogí y antes de ponerla ahí la destapé. Mi abuelita extrañada me preguntó:
-¿Por qué le quita la tapa?
La miré y respondí:
-¿Entonces cómo hace el Espíritu santo entrar y bendecir el agua?
Santo remedio. Luego de mi actitud inocente jamás volvió a obligarme a ir a la iglesia. Eso sí todavía me duele el pellizco que me dio esa noche.
En mi adolescencia decidí ir en contravía. No es que fuera un desadaptado, anarquista o algo por el estilo. Simplemente me acostumbré a no tragar entero. Hablaba mucho con la luna. Imaginaba una escalera interminable que me ayudaba a subirla y-una vez arriba- cotemplar Latinoamérica desde sus cráteres. Aparecieron la guitarra, la poesía, Silvio, Neruda, el Ché…También el amor.
Ha pasado el tiempo. Hay tantos colores como sueños. Soy un romántico empedernido; de los que abren la puerta del carro por donde baja la dama (del taxi. No tengo carro), regalan rosas o corren el asiento para que ella se acomode.
El No lugar de las utopías es lo que mantiene mi sonrisa de oreja a oreja. Soy un aventurero que poco a poco da sus primeros pasos. Y en ese recorrido que apenas se insinúa ya no me asustan los agujeros negros o me entristecen los silencios. Sólo la luz de una vida que renace en algún lugar del mundo y que me da la fuerza para mantener este oasis de palabras y proyectarlo en una canción.
¿De qué forma son estas nubes?... Quizás pájaros en libertad atravesando un cielo azul.
Cuenta siempre conmigo Hada de mi corazón. Te quiero mucho.
Todo a pulmón compuesta por Alejandro Lerner en versión de Miguel Ríos.
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Monday, May 25, 2009
Rompecabezas

La cabeza de la puntilla se prepara a recibir el martillazo. Debo tener cuidado con el dedo gordo, no sea que el oponible reciba el golpe y me lleve de vuelta a la condición de primate. Bueno, en realidad no sería del todo malo. Al fin y al cabo nuestros antepasados dieron un salto evolutivo con las extremidades superiores. Qué paradoja: no fueron los pies, precisamente, los que allanaron el camino para que el hombre se desplazara en sus dos piernas… Bien. Pasé la prueba, no me aplasté el dedo y clavé la puntilla en la pared. Necesito escoger un cuadro. Desde el escritorio la sonrisa amplia de Marilyn Monroe parece insinuarme que quiere ocupar el espacio vacío. A su lado el Ché me mira serio. Quizás el humo de su tabaco colorea su rostro, vaya uno a saber. Y qué decir de Chaplin, sentado en el andén con su sombrero negro y un perrito. Definitivamente si pudiera los pondría a los tres. El problema es que no tengo más puntillas…
Elegir, abandonarse al azar, esperar, actuar. Anoche el frío no me dejó dormir. Ni siquiera el saco de lana impidió que una ráfaga de viento penetrara en el lugar más recóndito. Me levanté muchas veces, acomodé las cobijas, di vueltas a la almohada, cambié una y otra vez de emisora; inclusive me paré a las tres de la madrugada y abrí la cortina. Mi sombra se mezcló con la niebla. No supe en qué momento las gotas resbalaron por el vidrio, humedecieron el agujero negro de un cielo distante y descubrí que, a esa hora, ni una sola estrella me acompañaba…
Porque mis palabras suelen inventarse mundos que no existen. Porque no hay muro más triste y solitario que el silencio. Porque la ausencia es un peso que se carga todos los días, casi ni se siente, pero doblega las espaldas. Porque termino siempre jugando a las escondidas con los recuerdos. Porque el tiempo pasa y regreso al punto de partida…
Bajar el telón de la obra inconclusa no es tarea fácil. Es como acudir al famoso borrón y cuenta nueva de números inexpresivos. Nunca me gustaron las matemáticas. A los catorce años me declaré en franca rebeldía contra Baldor y demás torturadores de la consciencia. Me fui bordeando el abismo de los sueños. Sólo llevé de equipaje una hoja en blanco, un lápiz y veinticinco signos pequeñitos; con ellos intento dibujar oasis donde no hay nada.
Dos buses- más hora y media de recorrido- separan a Bogotá de Soacha. Es atravesar la ciudad de norte a sur en medio de ese laberinto de calles y avenidas. Cada mañana la imagen del Ché me saluda. Finalmente lo escogí. Ahora una de las cuatro paredes de mi habitación tiene en su fachada a Latinoamérica; y yo tremendas ganas de reinventarme… Ojalá haya todavía un poco de magia en mi sonrisa y cuerda suficiente para afinar el hilo narrativo de mi existencia.
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Monday, May 18, 2009
De la mano de los desplazados
Las casuchas de lata, tablas y ladrillo se desparraman a lo largo y ancho de la montaña. De noche- desde la ciudad- se ven como el reflejo de un cielo estrellado al revés. Para llegar allá es necesario subir por caminos destapados que en épocas de lluvia se derriten y se convierten en barro. Algunas escaleras son de piedra, improvisados peldaños esculpidos por el cincel del tiempo. No hay casi árboles, flores o pájaros y los pocos que quedan parecen caricaturas de una naturaleza que se niega a considerarse muerta. Las únicas señales de vida son los ladridos de los perros vagabundos, las sombras de las ratas, el vuelo constante de los chulos y las huellas de los pasos de miles de familias.
Huyeron de la violencia para enfrentarse a la pobreza, la exclusión y el desarraigo. Ni siquiera las cifras tienen piedad de ellos. Las oficiales aseguran que son dos millones, organizaciones no gubernamentales dicen que sobrepasan los cuatro; y entre sumas, restas su drama se multiplica y divide hasta el cero: producto de la esperanza aniquilada.
En medio del fuego cruzado de paramilitares, guerrilla y ejército fueron sacados de sus territorios. El azadón que antes abría surcos se transformó en ráfagas de fusil y las balas en el abono maldito que bañó de sangre la tierra.
Soacha (muy cerca a Bogotá, cuyo nombre significa Ciudad del Varón del Sol) recibe a la mayoría de desplazados del país. Altos de Cazucá es su refugio, la alternativa trazada por una burla del destino. En aquel sector las costumbres se mezclan pero muchas veces no se tocan. Es la feria de las culturas que en lugar de tejer un hilo común se transforma en una colcha de retazos sin puntadas de flecos rotos y dispersos.
Voces de la costa, el llano, Santander, Antioquia o Boyacá. Ninguna se escucha con la diversidad que enriquece sino como la macabra coincidencia de los desterrados. Torre de Babel mal construida de palabras que- a pesar de ser de un mismo idioma- se desvanecen por el llanto, el silencio y el dolor de los recuerdos.
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